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Terra
La Coctelera

TiC...tAc...TiC...TaC!

Al vértice de ésta pluma le gusta mucho mentir. Esto y aquello no son poemas, ni un tango, ni un beso, ni un adiós, ni te quiero… es tinta aforme, siempre mal dosificada que miente por gusto y por angustia.

“¡Anoche un pez murió de sed!”

Éste día nació mojado

La luz tímidamente lucha sobre la tierra

Y entra en trozos

El café de la mañana

También llegó mojado

Y mis ojos despertaron

Mojados

Luego de levantarme

Para despertar humedecí el rostro

Y la fruta matinal estaba también mojada

El césped

Un gato

La tinta

Éste día nació mojado

Como todo lo que en éste mundo nace

Éste día salió entre las piernas de una mujer nocturna

Con estrellas en el vientre

Goteando la humedad robada de la luna

La mujer nocturna de ayer

Parió éste día tan mojado

Todo gotea en cualquier parte

Se moja la comida

La fuente

Las huellas

Una sonrisa

Mis hombros

Tus labios

Y si escribo

Es porque no hablo

(Tengo los labios secos)

Tengo de almohada una caja fuerte, y de cuerpo, una caja vacía.

digo que?

Dice el mayor Sabines:

“Morir es retirarse, hacerse a un lado, ocultarse un momento, estarse quieto, pasar el aire a una orilla a nado y estar en todas partes en secreto. Morir es olvidar, ser olvidado, refugiarse desnudo en el discreto calor de Dios, y en su cerrado puño, crecer igual que un feto…”

Digo que morir es afeitar el tiempo que sobró, dormirse abrazando una sombra, cambiar de aliento y de mirada, tener por fin derecho a burlarse de los relojes, de los calendarios y del miedo, quitarse los guantes y las sandalias para correr de verdad desnudos (sin abrigo, ni camisa, ni piel, ni músculos, ni huesos). Digo que morir es primero una canción de cuna y luego una carcajada, un abismo de lo que sea, un trago de no se qué, sacudir la arena de los bolsillos, quitarse un chicle del zapato, bautizar al viento con lágrimas ajenas, hacerle cosquillas a la tristeza del invierno…

Digo que morir es un hueco en el pavimento de lo inesperado, el estornudo de Afrodita, Steinway sin huellas, quedarse sin pulgas, treparse a un árbol para comerse las estrellas, romperse la cara con un planeta, enamorarse de Morfeo, abrir la boca y devorar un sueño. Digo que morir es aflojarse la corbata, resbalar en la acuosa soledad de la nostalgia, babear en silencio, acurrucarse entre la almohada y el techo, blasfemar en voz alta, siempre a solas, ecualizar bien los suspiros, interrogar a cada duda, salir de las mazmorras, besar una manzana sin permiso, tocar lo que es prohibido, borrarse las líneas de la frente, sonreír aunque no haga falta, dormirse en el hombro de mañana, mojar las sábanas, roer los cables por venganza, saborear la luna que sí era de queso, aplaudir de cabeza y vomitar entre sollozos, cristalizar cada recuerdo, aparecer entre la nieve y la esperanza…

Digo que uno puede morirse de pena, de risa, de tristeza, preocupación, de celos, de amor, de vergüenza, de alegría, de hambre, de coraje, de sueño, nunca de un balazo o de veneno, o de suicidio, digo que tampoco mata el cáncer, ni los pulmones, ni el sida, ni los riñones, la sífilis, la gripa, el azúcar, ni los años, ni el hígado…mucho menos el corazón (“No podrás morir”) .

Digo que morir es cortar los hilos de la monotonía, destornillar a Cristo, se acabó la Náusea, Zaratustra está callado, la Puta no está triste, gracias Sísifo, el bien y el mal, la Peste ha terminado, Trópico de Cáncer, Capricornio, Caín es perdonado, Freud y los sueños, el hombre tragahombres, Einstein es culpable, el Extranjero está de vuelta, caricatura en blanco y negro, está rota la sombrilla, interrumpimos un orgasmo.

Digo que da lo mismo morir de pie que morir sentado, digo que mueren también los gusanos y el polvo que te está tragando, digo que mueren las novelas, la filosofía, la fe y las encuestas, también los novelistas, los filósofos, los fieles, los amables e incluso los traidores, no mueren las cucarachas, no muere el café, ni el llanto, ni las caricias, ni la tinta, ni el destierro, ni un minuto, ni un suspiro.

Digo que el papel se pudre y las palabras bailan en cualquier sitio y en cualquier idioma, que quizá la Tierra esté cansada de guardar en sus entrañas tanto muerto y tanta gente que los pisa, que los peces mueren siempre y solamente de sed, que las tortugas y la angustia son eternas, que los caracoles y el pasado son iguales, que los gatos y las sombras caen de pie.

Digo que morir es clausurar el paso, apagar la vela en el cuarto y encender la luz del Universo (me da miedo), despertar un día con tres cabezas, cuatro manos, siete ojos y una pierna. Digo que morirse es guardarse en dos cajones, quitarse el sombrero, descolgar los brazos, ahuyentar a los hambrientos, acabarse las uñas que quedaban para morder, romper el cuchillo de la garganta, desabotonarse la mitad del pecho, nadar en el ombligo del presente, acostumbrarse a dormir boca abajo y siempre despierto, llenarse los oídos de alfileres, ver correr a las ratas, arrojarse al camión de la basura, apagar el despertador a las cinco y a las siete.

Digo que morirse es estirar los ligamentos, romper esa ventana con un dedo, azotar la puerta, la despedida y el encuentro, cambiarse de nombre, de cama, de ciudad, de labios, de pestañas, de juramento, caminar hasta donde termina el ruido, cauterizar las heridas de la fuente, arrullar a una bestia, se mojó la señorita de la mesa veinte, dar comida, agua, limosna, propina y las gracias, amarrar bien las agujetas para no caer y para no aplastar, escurrirse en las paredes de cemento acojinado…

Digo que morirse es un milagro que salpica el tiempo, una brisa que embalsamada para ciegos, un castillo para el pobre, la tumba del ahogado, las pupilas de Sofía, una pregunta, una respuesta, una disculpa, la huida, el mensajero, la sirvienta, la llave y el candado, los barrotes y el agujero, la puerta y el encierro, la cuchara y el caldo siempre hirviendo, Cenicienta son las doce, calla y trae la cena, tío Alberto, Cleopatra desnuda, no te miento.

Digo que morirse es secarse al sol, cloro en el smoking, adivinar que todo es cierto, de rodillas hasta el cielo, cáscaras de saliva encuadernadas por prudencia, de un tajo todas las venas. Digo que morir es aplaudir muy fuerte, atarse del pescuezo, fumarse todo un día, inclinar la cabeza, mirar siempre de frente, cheque sin fondos, fuera de servicio, número equivocado, trotar cada mañana, romperse los talones, amasar la ausencia.

Digo que la muerte huele a frío, que sabe a piedra, que se siente igual que el vino. Digo que morir es cansarse de estar muerto, rasca y gana, quita y pon, ojo por ojo, jaque mate, as bajo la manga, los dragones ya volvieron. Digo que para morirse no hay pretextos, polizonte aguafiestas, el diccionario está incompleto, abierto veinticuatro horas. Digo que a la muerte no le gusta estar a solas, ni a medias, ni a gatas, ni llorar en público, digo que le gusta colgarse de los postes, cruzar la calle, hotel de lujo. Digo que la muerte algunas veces tiene pánico escénico (pero mucho talento).

Digo que vivir es dominante, que morir es tónica, calderón, adagio, diploma, pentagrama en blanco, batuta modesta, el arco roto, da capo, la memoria, la Tregua, susurrarle al campo, chapotear en los jardines del Olimpo, convertirse en paloma, o en escarabajo, o en un grillo, ver llover, ver matar, cuantificar la astucia, quemarse en silencio, meterse en un frasco, arañar la cama, ser discreto.

Digo que morirse es ponerse en pausa, no molestar, semáforo en rojo, desviación a la derecha, no estacionarse, se ponchan llantas, sube al auto, ¿sabes manejar?, besa mi mano, París, España, Londres, llueve mucho, se hizo de noche. Digo que la muerte también puede tomarse a cucharadas, he visto en los cruceros píldoras para morir despacio, para morir contento, para morir atado. Digo que la muerte y el insomnio son costumbre y no rutina, que morirse es brincar en la cama, enloquecer sin culpa, regalar a los mortales un pétalo sin tallo, ni flor, ni espinas, obsequiar a los poetas y a los periodistas un par de palabras raras y un cigarro para la Magdalena, limpiarle el parabrisas al viejo desdentado, desencadenar a las muñecas de la infancia, subirse a la alfombra para levitar y no ir a ninguna parte, frotar la lámpara y no desear nada.

Digo lo que digo porque estoy muriendo mientras muere, aplaudiendo, besando, durmiendo, cierro los ojos, escribiendo, rasguñando, sudando, Chopin, los doctores, los colegas, el café de siempre, las víctimas, el deseo, sus manos, un suspiro, soñando, enloqueciendo, todo, nada, aquí, allá, amaneció…da lo mismo.

“… Esperar a que murieras era morir despacio, estar goteando del tubo de la muerte, morir poco, a pedazos. No ha habido hora más larga que cuando no dormías…”

Dice que

“… Para los condenados a muerte

y para los condenados a vida

no hay mejor estimulante que la luna

en dosis precisas y controladas…”

Digo que falta entonces un cambio de luna.