Al vértice de ésta pluma le gusta mucho mentir. Esto y aquello no son poemas, ni un tango, ni un beso, ni un adiós, ni te quiero… es tinta aforme, siempre mal dosificada que miente por gusto y por angustia.
Éste día nació mojado
La luz tímidamente lucha sobre la tierra
Y entra en trozos
El café de la mañana
También llegó mojado
Y mis ojos despertaron
Mojados
Luego de levantarme
Para despertar humedecí el rostro
Y la fruta matinal estaba también mojada
El césped
Un gato
La tinta
Éste día nació mojado
Como todo lo que en éste mundo nace
Éste día salió entre las piernas de una mujer nocturna
Con estrellas en el vientre
Goteando la humedad robada de la luna
La mujer nocturna de ayer
Parió éste día tan mojado
Todo gotea en cualquier parte
Se moja la comida
La fuente
Las huellas
Una sonrisa
Mis hombros
Tus labios
Y si escribo
Es porque no hablo
(Tengo los labios secos)
Dice el mayor Sabines:
“Morir es retirarse, hacerse a un lado, ocultarse un momento, estarse quieto, pasar el aire a una orilla a nado y estar en todas partes en secreto. Morir es olvidar, ser olvidado, refugiarse desnudo en el discreto calor de Dios, y en su cerrado puño, crecer igual que un feto…”
Digo que morir es afeitar el tiempo que sobró, dormirse abrazando una sombra, cambiar de aliento y de mirada, tener por fin derecho a burlarse de los relojes, de los calendarios y del miedo, quitarse los guantes y las sandalias para correr de verdad desnudos (sin abrigo, ni camisa, ni piel, ni músculos, ni huesos). Digo que morir es primero una canción de cuna y luego una carcajada, un abismo de lo que sea, un trago de no se qué, sacudir la arena de los bolsillos, quitarse un chicle del zapato, bautizar al viento con lágrimas ajenas, hacerle cosquillas a la tristeza del invierno…
Digo que morir es un hueco en el pavimento de lo inesperado, el estornudo de Afrodita, Steinway sin huellas, quedarse sin pulgas, treparse a un árbol para comerse las estrellas, romperse la cara con un planeta, enamorarse de Morfeo, abrir la boca y devorar un sueño. Digo que morir es aflojarse la corbata, resbalar en la acuosa soledad de la nostalgia, babear en silencio, acurrucarse entre la almohada y el techo, blasfemar en voz alta, siempre a solas, ecualizar bien los suspiros, interrogar a cada duda, salir de las mazmorras, besar una manzana sin permiso, tocar lo que es prohibido, borrarse las líneas de la frente, sonreír aunque no haga falta, dormirse en el hombro de mañana, mojar las sábanas, roer los cables por venganza, saborear la luna que sí era de queso, aplaudir de cabeza y vomitar entre sollozos, cristalizar cada recuerdo, aparecer entre la nieve y la esperanza…
Digo que uno puede morirse de pena, de risa, de tristeza, preocupación, de celos, de amor, de vergüenza, de alegría, de hambre, de coraje, de sueño, nunca de un balazo o de veneno, o de suicidio, digo que tampoco mata el cáncer, ni los pulmones, ni el sida, ni los riñones, la sífilis, la gripa, el azúcar, ni los años, ni el hígado…mucho menos el corazón (“No podrás morir”) .
Digo que morir es cortar los hilos de la monotonía, destornillar a Cristo, se acabó
Digo que da lo mismo morir de pie que morir sentado, digo que mueren también los gusanos y el polvo que te está tragando, digo que mueren las novelas, la filosofía, la fe y las encuestas, también los novelistas, los filósofos, los fieles, los amables e incluso los traidores, no mueren las cucarachas, no muere el café, ni el llanto, ni las caricias, ni la tinta, ni el destierro, ni un minuto, ni un suspiro.
Digo que el papel se pudre y las palabras bailan en cualquier sitio y en cualquier idioma, que quizá
Digo que morir es clausurar el paso, apagar la vela en el cuarto y encender la luz del Universo (me da miedo), despertar un día con tres cabezas, cuatro manos, siete ojos y una pierna. Digo que morirse es guardarse en dos cajones, quitarse el sombrero, descolgar los brazos, ahuyentar a los hambrientos, acabarse las uñas que quedaban para morder, romper el cuchillo de la garganta, desabotonarse la mitad del pecho, nadar en el ombligo del presente, acostumbrarse a dormir boca abajo y siempre despierto, llenarse los oídos de alfileres, ver correr a las ratas, arrojarse al camión de la basura, apagar el despertador a las cinco y a las siete.
Digo que morirse es estirar los ligamentos, romper esa ventana con un dedo, azotar la puerta, la despedida y el encuentro, cambiarse de nombre, de cama, de ciudad, de labios, de pestañas, de juramento, caminar hasta donde termina el ruido, cauterizar las heridas de la fuente, arrullar a una bestia, se mojó la señorita de la mesa veinte, dar comida, agua, limosna, propina y las gracias, amarrar bien las agujetas para no caer y para no aplastar, escurrirse en las paredes de cemento acojinado…
Digo que morirse es un milagro que salpica el tiempo, una brisa que embalsamada para ciegos, un castillo para el pobre, la tumba del ahogado, las pupilas de Sofía, una pregunta, una respuesta, una disculpa, la huida, el mensajero, la sirvienta, la llave y el candado, los barrotes y el agujero, la puerta y el encierro, la cuchara y el caldo siempre hirviendo, Cenicienta son las doce, calla y trae la cena, tío Alberto, Cleopatra desnuda, no te miento.
Digo que morirse es secarse al sol, cloro en el smoking, adivinar que todo es cierto, de rodillas hasta el cielo, cáscaras de saliva encuadernadas por prudencia, de un tajo todas las venas. Digo que morir es aplaudir muy fuerte, atarse del pescuezo, fumarse todo un día, inclinar la cabeza, mirar siempre de frente, cheque sin fondos, fuera de servicio, número equivocado, trotar cada mañana, romperse los talones, amasar la ausencia.
Digo que la muerte huele a frío, que sabe a piedra, que se siente igual que el vino. Digo que morir es cansarse de estar muerto, rasca y gana, quita y pon, ojo por ojo, jaque mate, as bajo la manga, los dragones ya volvieron. Digo que para morirse no hay pretextos, polizonte aguafiestas, el diccionario está incompleto, abierto veinticuatro horas. Digo que a la muerte no le gusta estar a solas, ni a medias, ni a gatas, ni llorar en público, digo que le gusta colgarse de los postes, cruzar la calle, hotel de lujo. Digo que la muerte algunas veces tiene pánico escénico (pero mucho talento).
Digo que vivir es dominante, que morir es tónica, calderón, adagio, diploma, pentagrama en blanco, batuta modesta, el arco roto, da capo, la memoria,
Digo que morirse es ponerse en pausa, no molestar, semáforo en rojo, desviación a la derecha, no estacionarse, se ponchan llantas, sube al auto, ¿sabes manejar?, besa mi mano, París, España, Londres, llueve mucho, se hizo de noche. Digo que la muerte también puede tomarse a cucharadas, he visto en los cruceros píldoras para morir despacio, para morir contento, para morir atado. Digo que la muerte y el insomnio son costumbre y no rutina, que morirse es brincar en la cama, enloquecer sin culpa, regalar a los mortales un pétalo sin tallo, ni flor, ni espinas, obsequiar a los poetas y a los periodistas un par de palabras raras y un cigarro para
Digo lo que digo porque estoy muriendo mientras muere, aplaudiendo, besando, durmiendo, cierro los ojos, escribiendo, rasguñando, sudando, Chopin, los doctores, los colegas, el café de siempre, las víctimas, el deseo, sus manos, un suspiro, soñando, enloqueciendo, todo, nada, aquí, allá, amaneció…da lo mismo.
“… Esperar a que murieras era morir despacio, estar goteando del tubo de la muerte, morir poco, a pedazos. No ha habido hora más larga que cuando no dormías…”
Dice que
“… Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas…”
Digo que falta entonces un cambio de luna.
